Abrimos las puertas y callamos.
Miramos sin necesidad de hablarnos,
no hacia falta.
Al principio, cuestas que nos acojerían.
Silencios que nos callarían.
Colores que alumbrarían.
Nos sorprendimos del caprichoso sonido de las pulseras.
Atravesamos el sendero oscuro
y a algunos extraños seres nos cruzamos.
Tras el sendero oscuro, la claridad vino en forma de pupila.
La asiática cuesta bajamos
y la violencia del agua
atravesó la percepción
en el mismo momento en que el espacio y el tiempo se congeló.
Como atrapados en Renoir
los rojos se volvían agresivos y
los verdes lo inundaban todo
para convertirse en amarillos.
¿Es que cambian las luces?
La suave espuma del agua
con temor la atravesamos.
La garganta se rajó de la risa.
Ahora solo éramos pinceladas de un cuadro
agarradas al lienzo con furia y pelusa.
Unión y perfección.
Amor y calor.
Sonrisas y entendimientos.
Tranquilidad y agitación.
Las cuatro menos diez.
y ¿qué tal?
Un cúmulo de sensaciones
que te hace que pienses la relatividad del tiempo.
Borbotones de lágrimas reidas.
De pronto la plenitud fue tenebrismo.
Una manta de noche oscura apagó los colores
El morado, amarillo, verde, rojo, azul, las torres fueron negras.
El miedo nos inundó como en mitad del océano más impenetrable,
y una sombra andaba desvaneciéndose
Pero nosotros también éramos sombras.
Armados de terrores disfrazados de valentía saltamos el río.
Huímos como caballos desbocados hacía un haz de luz.
La encontramos y corazón dejó de galopar para ir al trote.
El camino a la realidad fue lento y desconfiado,
Cómo si nunca hubiéramos hablado con otros.
Ya en la realidad nos despedimos en abrazo, que nos transformó en uno.
Al día siguiente me faltaban dos partes de mí.